Las sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito

Tres siglos de levantamientos: las Alcabalas, los Estancos, la rebelión de Columbe de 1803 y el hecho incómodo de que los próceres de 1809 la reprimieron seis años antes.

Actualizado el 15 de agosto de 2026Publicado el 12 de agosto de 2026

Introducción

Durante los tres siglos de dominio español, los pueblos indígenas de la Real Audiencia de Quito protagonizaron una larga secuencia de levantamientos. No fueron estallidos aislados ni reacciones ciegas: respondían a causas concretas -impuestos nuevos, abusos de corregidores y curas, despojo de tierras, presión sobre el trabajo- y se producían cuando fallaban las vías de negociación que los caciques mantenían abiertas con el Estado colonial.

El ciclo se intensificó en el siglo XVIII, en paralelo a la crisis de la economía textil y a las reformas borbónicas. Las autoridades españolas y las élites criollas reprimieron esos movimientos con especial dureza, temerosas de que alcanzaran las proporciones de las rebeliones de Túpac Amaru y Túpac Katari en el Perú y el Alto Perú.

Este artículo recorre esa secuencia, con atención particular al corregimiento de Riobamba, el mejor documentado, y examina un hecho incómodo que la historiografía ha establecido: varios de los próceres de la Junta de 1809 estuvieron implicados en la represión de la rebelión indígena de 1803.

Ficha técnica

PeríodoSiglos XVI a comienzos del XIX
ConcentraciónSiglo XVIII, sobre todo su segunda mitad
Causas recurrentesTributos y estancos, abusos de corregidores y curas, despojo de tierras, presión sobre la mano de obra
Episodios principalesAlcabalas (1592-1593), Riobamba (1764), Estancos de Quito (1765), Columbe y Guamote (1803)
Liderazgos documentadosJulián Quito, Lorenza Avimañay, Cecilio Taday, Francisco Sigla
Represión de 1803Francisco Xavier de Montúfar y Larrea, corregidor interino de Riobamba
Obra de referenciaMoreno Yánez, Segundo, Sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito
Última revisiónAgosto de 2026

Antes de la rebelión: la negociación

Conviene empezar por lo que no fue una sublevación. Como se explica en el artículo sobre la mita y los obrajes, los caciques indígenas mantenían una relación permanente de negociación con las autoridades coloniales: presentaban peticiones detalladas, comparaban tasas tributarias, exigían mejoras salariales y amenazaban con desertar de sus cargos si no eran atendidos.

Esa vía funcionaba porque el sistema dependía de ellos: sin caciques no había recaudación ni reparto de mitayos. Los levantamientos aparecen, por lo general, donde esa mediación falla o no existe, y ese detalle es la clave para entender su geografía: la rebelión de 1803 estalló precisamente en la zona de haciendas al sur de Riobamba, donde los indígenas no tenían caciques propios.

Pintura de 1783 de Vicente Albán que retrata a un indio principal de Quito con traje de gala
Indio principal de Quito con traje de gala, por Vicente Albán (1783). Los caciques ocupaban una posición ambigua: autoridades de sus pueblos y a la vez piezas de la maquinaria fiscal colonial. Museo de América, Madrid, vía Wikimedia Commons (dominio público).

Los primeros conflictos

El siglo XVI conoció resistencias tempranas, sobre todo en las zonas de frontera. En la región amazónica, los pueblos quijos protagonizaron levantamientos contra la presencia española, y la conquista de esas tierras nunca llegó a completarse realmente.

En 1592 y 1593, la Rebelión de las Alcabalas enfrentó a la población de Quito con la Corona por la aplicación de un nuevo impuesto al comercio local. No fue un movimiento indígena, pero conviene mencionarla porque coincidió con un enfrentamiento entre el presidente de la Audiencia, Manuel Barros, de posturas más favorables a los indígenas, y un cabildo que defendía los intereses de los vecinos blancos. Muestra que las tensiones fiscales atravesaban a toda la sociedad colonial, aunque con consecuencias muy desiguales.

El siglo XVIII: el ciclo se acelera

La segunda mitad del siglo XVIII concentra la mayor parte de los levantamientos. Las causas se acumulan: la crisis de la producción obrajera, el avance del latifundio sobre las tierras comunitarias, el aumento de estancos y alcabalas por las reformas borbónicas, y una presión fiscal que no se aligeró pese al empobrecimiento general.

El levantamiento de Riobamba de 1764 ilustra bien la complejidad del asunto. Lo protagonizaron los indios forasteros, que se oponían a ser convertidos en mitayos y reclamaban acceso a la tierra. Pero el conflicto reflejaba también disputas entre caciques: los originarios se enfrentaban con los gobernadores de indios por el control de los mitayos, y a la vez con los caciques de otros corregimientos, como los de Latacunga, que tenían las mismas pretensiones. Leer estos episodios únicamente como indios contra españoles simplifica en exceso lo que las fuentes muestran.

En 1765, el establecimiento definitivo del estanco de aguardientes y un nuevo impuesto de aduana provocaron en Quito la Rebelión de los Estancos, protagonizada por los barrios populares de la ciudad. El protagonismo de los sectores urbanos populares conmovió a la sociedad colonial y anticipó el clima de las décadas siguientes.

La reducción de los cacicazgos (1786)

Entre las medidas borbónicas aplicadas en la Audiencia, una tuvo consecuencias profundas sobre la organización indígena. En 1786 se nombró al ilustrado Bernardo Darquea comisionado para la reducción de los cacicazgos de Riobamba. Su gestión redujo el número de caciques principales de ciento diecinueve a cuarenta y siete, eliminando sobre todo a los caciques de la Real Corona y poniendo a sus tributarios bajo la dirección de los caciques principales riobambeños.

El Estado obtuvo tres beneficios: elevó el número de tributarios, simplificó la cobranza al concentrarla en menos intermediarios e incorporó a los indios dispersos al sistema local. Fue, en la práctica, una negociación tardía con los caciques llactayos a costa de los forasteros. La medida rebajó la conflictividad entre cacicazgos, pero dejó sin mediación propia a buena parte de la población.

El terremoto de 1797 y la presión sobre el trabajo

El terremoto que destruyó Riobamba en 1797 agravó la situación de manera decisiva. La reconstrucción se hizo sobre la base de la fuerza de trabajo indígena: remoción de escombros, traslado de materiales de la antigua ciudad a la nueva a quince kilómetros de distancia, y la construcción completa de edificios, conventos, iglesias, acequias, caminos, obrajes y molinos.

Iglesia de Balbanera, en Colta, provincia de Chimborazo, una de las primeras construcciones religiosas coloniales del territorio
Iglesia de Balbanera, en Colta, a pocos kilómetros de Columbe. La comarca donde estalló la rebelión de 1803 era una zona de haciendas y doctrinas. Fotografía de Arabsalam, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Pese a esa carga adicional y a la falta de circulante, los tributarios seguían pagando las antiguas y elevadas tasas, que debían cancelarse en plata. Los caciques, encabezados por Sefla, consiguieron de la Corona un año de gracia por el terremoto. El propio Sefla recibió del presidente Carondelet los títulos de alcalde y gobernador de los indios de Riobamba, en parte por haber transado la entrega del llano de Tapi -tierra de uso multiétnico dedicada al pastoreo- donde se levantó la nueva ciudad. Las relaciones con las comunidades quedaron tensadas al límite.

La rebelión de 1803

En 1803, catorce días antes del carnaval, corrió la voz -atribuida al indio quilca Cecilio Taday- de que llegaba el papel de las aduanas, es decir, un nuevo gravamen. Bastó para que estallara la sublevación. El epicentro estuvo en Pulucate, en el pueblo de Cebadas, y se extendió por Columbe, Guamote y Licto, en la zona de predominio hacendario al sur de Riobamba.

Vista panorámica de la zona de Guamote, en la provincia de Chimborazo, con campos de cultivo en ladera
La zona de Guamote, en Chimborazo, uno de los focos del levantamiento de 1803. Ministerio de Turismo del Ecuador, vía Flickr y Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0).

Participaron indígenas libres, artesanos y labriegos, junto a trabajadores de haciendas que habían pertenecido a los agustinos y a los jesuitas expulsados. Las mujeres tuvieron un papel central: las fuentes las describen como capitanas del descontento, movidas sobre todo por el temor de que sus hijos quedaran atados a las nuevas imposiciones.

El liderazgo reconocido por la multitud fue el de Julián Quito, que prometía recuperar las tierras arrebatadas y cuya autoridad se afirmó al segundo día del alzamiento. Junto a él actúo Francisco Sigla, que dirigía a los rebeldes con vara en mano. La revuelta tuvo un componente de deslegitimación religiosa explícito: al cura que intentó detenerlos portando el Santísimo le respondieron que lo que llevaba en las manos no era Dios, sino una tortilla hecha por el sacristán.

La violencia fue considerable y recayó sobre las autoridades locales: murieron el teniente, el consignatario de aguardiente, el diezmero, el cobrador de aduanas -todos mestizos- y miembros de la familia Orozco, que representaba al poder blanco del pueblo. Varios actos de los sublevados estuvieron cargados de simbología ancestral. El episodio muestra que el conflicto no era solo con la administración española sino también, y de manera muy directa, con los intermediarios mestizos y criollos del poder local.

Contra quién se dirigió la violencia

Conviene precisar el blanco concreto del alzamiento, porque matiza cualquier lectura puramente racial. Los muertos del levantamiento fueron el teniente, el consignatario de aguardiente, el diezmero y el cobrador de aduanas -todos ellos mestizos- y la familia Orozco, que representaba a las autoridades blancas del pueblo.

Es decir: la violencia apuntó contra quienes encarnaban de forma inmediata la extracción fiscal y el abuso de poder local, con independencia de su condición étnica. Fue una reacción intereétnica contra los abusos de poder más que un enfrentamiento entre razas. En el alzamiento participaron además los alcaldes de indios de la zona, connaturalizados en aquellos pueblos alejados del centro del corregimiento.

La represión y los próceres de 1809

La persecución estuvo a cargo del corregidor interino de Riobamba, el quiteño Francisco Xavier de Montúfar y Larrea. Llegó a Columbe con un piquete de cuatrocientos hombres y, sin juicio previo, ahorcó y descuartizó a parte de los cabecillas indígenas.

Óleo de Frederic Edwin Church que representa el volcán Chimborazo con el paisaje andino en primer plano
El Chimborazo, según Frederic Edwin Church (1884). El territorio donde se concentraron los levantamientos del ciclo dieciochesco. Wikimedia Commons (dominio público).

Aquí aparece el dato que obliga a matizar el relato heroico de la independencia. Montúfar y Larrea era nieto de Juan Pío Montúfar y Frasso e hijo del marqués de Selva Alegre, quien seis años después presidiría la Junta Suprema de Quito del 10 de agosto de 1809. Gracias a la represión obtuvo en propiedad el corregimiento de Riobamba.

No fue el único. Juan de Dios Morales, como secretario del presidente Carondelet, autorizó desde Quito emplear las rentas de tributos para raciones de la tropa y compra de pólvora. El marqués de Miraflores ordenó el envío de soldados y pertrechos. Bernardo Darquea, entonces corregidor de Ambato, mandó tropas, fusiles y pólvora, aunque criticó la ligereza de Montúfar por los ahorcamientos. Carondelet no se opuso a la matanza, pero prefería que se ajustara a las formas que la Ilustración exigía, y conmutó penas de prisión por trabajo con grilletes en la construcción de caminos.

Varios de estos nombres reaparecen en 1809 como figuras del primer gobierno autónomo. La coincidencia no invalida aquel proceso, pero sí obliga a describirlo con precisión: la élite criolla que reclamaba autonomía frente a España era la misma que había reprimido, seis años antes, a la población indígena de su propio territorio. Los proyectos de emancipación criolla e indígena no eran el mismo proyecto.

Después de 1809

La documentación del período revolucionario añade otro elemento. Entre 1809 y 1820, los corregidores riobambeños del bando realista enviaron un promedio de ciento cincuenta indígenas al mes para abastecer al ejército en Quito. Los envíos duplicaban sistemáticamente lo requerido por la enorme deserción: el corregidor Martín Chiriboga llegó a recomendar que los indios durmieran de noche en medio del ejército armado para evitar las fugas.

El cabildo de Riobamba, además, se situó del lado contrarrevolucionario y participó en el ataque a los rebeldes de Quito, con intervención de caciques. La guerra de independencia no dividió al país en dos bandos limpios, y la población indígena fue mayoritariamente objeto de requisición antes que sujeto de decisión.

Cronología

Siglo XVIResistencia de los pueblos quijos en la Amazonía.
1592-1593Rebelión de las Alcabalas en Quito.
1764Levantamiento de los forasteros en Riobamba.
1765Rebelión de los Estancos en los barrios de Quito.
1780-1782Rebeliones de Túpac Amaru y Túpac Katari en el sur andino.
1786Darquea reduce los cacicazgos de Riobamba de 119 a 47.
1797Terremoto de Riobamba; traslado y reconstrucción con trabajo indígena.
1803Rebelión de Columbe, Guamote y Licto; represión de Montúfar y Larrea.
1809-1820Requisición sistemática de indígenas para los ejércitos durante la guerra.

Cómo leer estas rebeliones

Tres advertencias metodológicas conviene retener. La primera: las fuentes son casi siempre coloniales -expedientes judiciales, informes de corregidores, correspondencia de autoridades-, de modo que la voz indígena llega filtrada por quienes reprimían. Los nombres de Julián Quito o Lorenza Avimañay se conservan porque figuraban en causas criminales.

La segunda: no todos los conflictos enfrentaban a indígenas con españoles. Hubo disputas intercaciquiles, tensiones entre llactayos y forasteros, y violencia dirigida contra intermediarios mestizos. Presentar el período como un choque de dos bloques homogéneos falsea lo que la documentación muestra.

La tercera: la resistencia no se agotó en los levantamientos. Continuó por vías menos visibles -la fuga, la defensa de las tierras comunales, los pleitos judiciales, la conservación del idioma y las fiestas- que resultaron más duraderas que cualquier alzamiento armado.

Conclusión

Las sublevaciones indígenas de la Audiencia de Quito no fueron un fenómeno marginal del orden colonial, sino una de sus dinámicas constitutivas. Aparecían cuando la negociación fallaba, se concentraban donde no había mediación caciquil y respondían a agravios precisos que las propias fuentes coloniales documentan con detalle.

Su estudio obliga además a revisar la periodización heredada. Si 1809 se lee como el comienzo de la libertad, 1803 recuerda que seis años antes los mismos apellidos que encabezaron la Junta habían ahorcado sin juicio a los cabecillas de Columbe. Sostener las dos cosas a la vez no es una acusación retrospectiva: es la condición para entender por qué la República heredó, junto a la independencia política, un orden social que apenas se movió.

Fuentes y bibliografía

  • Moreno Yánez, Segundo. Sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito, desde comienzos del siglo XVIII hasta finales de la Colonia. PUCE, Quito, 1995.
  • «Los indios de Riobamba y la Revolución de Quito, 1757-1814», Procesos. Revista Ecuatoriana de Historia, n.º 30, II semestre 2009.
  • Ayala Mora, Enrique. Resumen de Historia del Ecuador. Corporación Editora Nacional, Quito.
  • Terán Najas, Rosemarie. Los proyectos del Imperio Borbónico en la Real Audiencia de Quito. Tehis / Abya-Yala, 1988.
  • Borchart de Moreno, Christiana. La Audiencia de Quito. Aspectos económicos y sociales, siglos XVI-XVIII. Banco Central del Ecuador / Abya-Yala, 1998.
  • Powers, Karen Vieira. Prendas con pies. Migraciones indígenas y supervivencia cultural en la Audiencia de Quito. Abya-Yala, Quito, 1994.
  • Lavallé, Bernard. «La Rebelión de las Alcabalas. Ensayo de interpretación», Cultura, Banco Central del Ecuador, n.º 26.
  • Murra, John. Formaciones económicas y políticas del mundo andino. IEP, Lima, 1975.
  • Miño Grijalva, Manuel. La economía colonial. Relaciones socioeconómicas de la Real Audiencia de Quito. Corporación Editora Nacional, 1984.

Fuentes primarias

Los expedientes judiciales seguidos contra los cabecillas de la sublevación de 1803, la correspondencia de los corregidores de Riobamba y Ambato con la Presidencia de Quito, y los memoriales de los caciques riobambeños constituyen la base documental de este artículo. Se conservan principalmente en el Archivo Nacional del Ecuador y en el Archivo General de Indias, accesible mediante el portal PARES. Conviene recordar que se trata de documentación producida por la administración colonial: registra la voz indígena solo a través del interrogatorio y la denuncia.

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