La masacre de los próceres del 2 de agosto de 1810

La represalia sangrienta tras un intento de liberar a los patriotas presos: por qué ningún noble murió, la «Revolución de los Marqueses» y el hilo que conecta este crimen con la violencia política del siglo XIX.

Actualizado el 17 de agosto de 2026

Introducción

El 2 de agosto de 1810, tropas realistas asesinaron a un grupo de patriotas presos en Quito, en represalia por un intento popular de liberarlos. Es la secuela sangrienta de la Junta Suprema que este mismo sitio recoge en el artículo sobre el 10 de Agosto de 1809: un año después de proclamarse el gobierno autónomo, y meses después de su caída, la represión prometida como «perdón y olvido» se convirtió en matanza.

El episodio dejó además una etiqueta incómoda. El escritor Benjamín Carrión bautizó irónicamente el movimiento como «Revolución de los Marqueses», porque ningún noble murió en la represalia: quienes cayeron fueron figuras de clase media y popular. Ese contraste es el hilo conductor de este artículo.

Recorre el fracaso de la primera Junta, el intento fallido de liberar a los presos, quiénes murieron y quiénes no, el papel del coronel Manuel Arredondo y la forma en que este episodio se enlaza con una cadena más larga de violencia política que atraviesa buena parte del siglo XIX ecuatoriano.

Ficha técnica

Fecha2 de agosto de 1810
LugarCárceles y cuartel de Quito
ContextoRepresión tras la caída de la primera Junta Suprema de Quito (1809)
Detonante inmediatoIntento popular de liberar a los patriotas presos
Principales víctimasJuan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, el padre Riofrío, el capitán Juan Salinas
Comandante de las tropas represorasCoronel Manuel Arredondo
Interpretación historiográfica«Revolución de los Marqueses» (Benjamín Carrión)
Fuentes principalesAyala Mora, Resumen de Historia del Ecuador; Bastidas Urresty, La Vendée Americana I; Pedro Fermín Cevallos, Historia del Ecuador (citado por ambos)
Última revisiónAgosto de 2026

El fracaso de la primera Junta

La Junta Suprema proclamada el 10 de agosto de 1809 no logró el apoyo que esperaba. Cuenca, bajo el obispo Quintián Ponte, se declaró abiertamente en contra; Guayaquil tampoco se sumó; Pasto rechazó cualquier acercamiento. Sin esas adhesiones, la Junta quedó aislada dentro de un territorio mucho más amplio que seguía fiel a la Corona.

El virrey de Lima envió una fuerza militar que cercó Quito; el de Bogotá dispuso la invasión por el norte. Débil y sin respaldo suficiente, la Junta Soberana se disolvió. Las autoridades españolas ofrecieron entonces, en principio, «perdón y olvido» para los implicados en el movimiento.

La promesa no se cumplió. Cerca de un centenar de revolucionarios fueron apresados y sentenciados a muerte o al destierro. Fue esa ruptura de la palabra dada la que encendió los ánimos en Quito durante los meses siguientes.

El intento de liberar a los presos

El 2 de agosto de 1810, el pueblo de Quito se lanzó a la toma de las prisiones y el cuartel donde estaban recluidos los patriotas. La intención era liberarlos antes de que se cumplieran las sentencias.

El intento fracasó, y sirvió de pretexto a las tropas realistas para llevar a cabo lo que la historiografía describe sin rodeos como una carnicería: los soldados entraron a las prisiones y dieron muerte a los presos que debían custodiar, no a los asaltantes que intentaban liberarlos.

Detalle del relieve «2 de agosto de 1810» en el Monumento a los Héroes del 10 de Agosto de 1809, en Quito
Relieve conmemorativo del 2 de agosto de 1810, en el Monumento a los Héroes del 10 de Agosto de 1809, Quito. Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).

Quiénes murieron, y quiénes no

El historiador Edgar Bastidas Urresty ha señalado un detalle que suele pasarse por alto: ninguno de los nobles quiteños murió en la masacre. Actuaron con valor y murieron como rebeldes los doctores Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga, el padre Riofrío y el capitán Juan Salinas, además de otras personas de clase media y popular.

Los nobles, en cambio, fueron perdonados, defendidos o lograron huir. Esa asimetría es la que llevó a Benjamín Carrión a llamar al movimiento del 10 de agosto «Revolución de los Marqueses», con una ironía deliberada: quienes encabezaron el proyecto no fueron quienes pagaron su precio más alto.

Bastidas suscribe el juicio de Carrión y lo generaliza: sostiene que las revoluciones rara vez las hacen los nobles, sino «los de abajo», porque quienes ya poseen honores, poder y riqueza no suelen desear el cambio salvo que puedan conservar sus privilegios dentro de él.

Plaza de San Francisco en Quito, con la iglesia al fondo, en el entorno donde se organizaron los sucesos de la revolución de 1809
La Plaza de San Francisco, en el corazón del Quito colonial donde se desarrolló el movimiento de 1809 y su represión posterior. Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

El coronel Arredondo

Al mando de las tropas represoras estaba el coronel Manuel Arredondo, que había llegado desde el Perú al frente de una fuerza de quinientos hombres enviada para sofocar el movimiento quiteño. Bastidas Urresty lo identifica sin rodeos como el responsable de lo que llama «los cobardes asesinatos del 2 de agosto».

Arredondo no quedó impune de la historia por mucho tiempo. Un año después, en 1811, el comisionado regio Carlos Montúfar lo derrotó en las cercanías de Ambato, al frente de la nueva Junta de Gobierno que se había formado en Quito tras su llegada. Ese episodio, y la Constitución quiteña que siguió, se abordan en el siguiente artículo de esta serie.

Un eslabón en una cadena más larga

El nombre de uno de los caídos reaparece años después en un contexto distinto. Según recoge Cevallos, un hombre de apellido Albán fue uno de los líderes de la revuelta popular del 2 de agosto de 1810. Ese mismo apellido vuelve a aparecer entre las víctimas de la matanza de El Quiteño Libre, en 1833, ya bajo el gobierno de Juan José Flores.

Ese hilo conecta dos episodios separados por más de dos décadas y por regímenes políticos distintos: la represión colonial de 1810 y la violencia política de la primera República. Es el mismo patrón que se documenta en el artículo sobre el asesinato de Sucre en Berruecos, donde el historiador Enrique Ayala Mora describe el crimen político como un «vicio de nacimiento» de la república ecuatoriana, no como un episodio aislado.

Cronología

10 de agosto de 1809Se proclama la Junta Suprema de Quito.
Finales de 1809La Junta, sin apoyo de Cuenca, Guayaquil ni Pasto, es cercada por fuerzas realistas y se disuelve.
1809-1810Cerca de cien revolucionarios son apresados pese a la promesa de «perdón y olvido».
2 de agosto de 1810Intento popular de liberar a los presos; represalia y masacre de las tropas realistas al mando de Arredondo.
1811Carlos Montúfar derrota a Arredondo cerca de Ambato.
1833La matanza de El Quiteño Libre repite el patrón bajo el gobierno de Flores.

Conclusión

La etiqueta de «Revolución de los Marqueses» es más que una ironía literaria: es una lectura sobre quién asume el costo de los procesos políticos y quién los dirige. En Quito, en 1810, los nombres que encabezan las actas de fundación no son los mismos que aparecen en la lista de los muertos.

El episodio también desmiente la idea de que la violencia política ecuatoriana comenzó con la República. Empezó antes, bajo dominio colonial, y sus patrones —la promesa incumplida, la represión desproporcionada, el nombre que reaparece dos décadas después en otra matanza— se repetirían con notable regularidad durante el siglo siguiente.

Fuentes y bibliografía

  • Ayala Mora, Enrique. Resumen de Historia del Ecuador. Corporación Editora Nacional, Quito.
  • Ayala Mora, Enrique. «Los muertos del floreanismo», Procesos. Revista Ecuatoriana de Historia, n.º 27, I semestre 2008.
  • Bastidas Urresty, Edgar. La Vendée Americana I. Las guerras de Pasto.
  • Cevallos, Pedro Fermín. Historia del Ecuador, tomo III.
  • Andrade, Roberto. Historia del Ecuador. Corporación Editora Nacional, Quito, 1982-1983.

Fuentes primarias

El Acta de la Junta Suprema de Quito del 10 de agosto de 1809 documenta los principios y protagonistas del movimiento cuya represión culminó en la masacre; se trata, sin embargo, de una fuente sobre los antecedentes, no un registro directo de los hechos de 1810. Los relatos de Pedro Fermín Cevallos, transmitidos a través de las obras de Bastidas Urresty y de Ayala Mora, son la referencia narrativa más cercana a los hechos disponible en esta biblioteca.

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