Actualizado el 23 de septiembre de 2026Publicado el 22 de septiembre de 2026
Introducción
El 9 de junio de 1924, en la ciudad de Machala, una médica de 34 años llamada Matilde Hidalgo de Procel se presentó ante la junta electoral y exigió que se la inscribiera en el registro de votantes. Ninguna ley se lo prohibía expresamente: la Constitución vigente exigía únicamente ser mayor de veintiún años y saber leer y escribir, sin mencionar el sexo del elector. La junta, sin argumentos para negarse, la empadronó. Días después, Hidalgo votó, y se convirtió así en la primera mujer de América Latina en ejercer el sufragio en una elección nacional.
El episodio no fue un accidente aislado ni el fruto de un movimiento sufragista organizado, como sí ocurrió en otros países de la región. Fue, en cambio, el resultado de un vacío legal que una mujer decidió usar a su favor, y que un Consejo de Estado ratificó poco después. Cinco años más tarde, la Constitución de 1929 reconoció explícitamente el derecho al voto de las mujeres alfabetas, convirtiendo a Ecuador en el primer país de América Latina en otorgar el sufragio femenino, por delante de Uruguay, Brasil o Cuba.
Este artículo reconstruye ese proceso: el debate legislativo sobre «el sexo del ciudadano» que arrancó en el siglo XIX, la biografía de Matilde Hidalgo de Procel, el contexto político de la Revolución Juliana en el que maduró la reforma constitucional, la red de mujeres —maestras, periodistas, médicas— que sostuvo el debate público sobre el feminismo, y las primeras ecuatorianas que ocuparon cargos de elección popular entre 1925 y 1944.
Índice de contenidos
Ficha técnica
| Hecho fundacional | Voto de Matilde Hidalgo de Procel, Machala, 9 de junio de 1924 |
| Base legal del voto de 1924 | Vacío legal en la Constitución vigente, ratificado por el Consejo de Estado |
| Reconocimiento constitucional | Constitución de 1929, bajo la presidencia de Isidro Ayora |
| Alcance del voto de 1929 | Voluntario, para mujeres mayores de 21 años que supieran leer y escribir |
| Posición regional | Ecuador, primer país de América Latina en reconocer el sufragio femenino |
| Voto universal y obligatorio | 1967 |
| Protagonista | Matilde Hidalgo de Procel (Loja, 1889 – Guayaquil, 1974), primera mujer doctora en Ecuador |
| Fuentes principales | Mercedes Prieto y Ana María Goetschel, «El sufragio femenino en Ecuador, 1884-1940»; Giuseppina Sara Da Ros, «El movimiento de mujeres en Ecuador» |
| Última revisión | Septiembre de 2026 |
El sexo del ciudadano: un debate del siglo XIX
La pregunta sobre si las mujeres eran o no ciudadanas con derechos políticos se planteó en Ecuador mucho antes de que existiera un movimiento organizado para reclamarlos. En noviembre de 1883, la Asamblea Nacional discutió un proyecto constitucional que reservaba la ciudadanía a «los varones» adultos y alfabetos. La introducción de esa palabra —varones, y no simplemente ecuatorianos— abrió una polémica que se prolongaría, con distintas intensidades, durante más de cuatro décadas.
Buena parte de los legisladores de la época sostenía que la ciudadanía era un derecho natural que no podía negarse a nadie, ni siquiera a las mujeres o a los niños; el problema, decían, no era quién era ciudadano sino quién podía ejercer ese derecho. Esa distinción, aparentemente técnica, dejó una grieta abierta en las constituciones posteriores: las de 1897 y 1906 exigían para votar ser mayor de edad y saber leer y escribir, pero no repitieron la exclusión expresa de las mujeres. Fue exactamente esa grieta la que Matilde Hidalgo de Procel identificó y utilizó en 1924.
Las interpretaciones sobre el origen del sufragio femenino en Ecuador varían. Para algunos historiadores fue, en esencia, el gesto pionero de una profesional decidida; para otros, un cálculo del Partido Conservador, que veía en el voto de mujeres devotas y de arraigo católico una forma de romper el monopolio electoral que los liberales sostenían desde la Revolución de 1895. Ambas lecturas conviven en la bibliografía académica sobre el tema, y probablemente ninguna basta por sí sola para explicar un proceso que combinó vacío legal, cálculo político y una acción individual decidida.
Matilde Hidalgo de Procel: de Loja a la primera doctora del Ecuador
Matilde Hidalgo nació en Loja el 29 de septiembre de 1889 y se educó primero en la escuela de la Inmaculada Concepción, a cargo de las Hermanas de la Caridad. El 8 de octubre de 1913 se convirtió en la primera mujer del país en graduarse de bachiller, un título que obtuvo en el Colegio Bernardo Valdivieso de su ciudad natal tras vencer la resistencia de autoridades que consideraban impropio que una mujer cursara estudios secundarios junto a varones.

Ese título abrió, no sin resistencia, el camino a la universidad. Hidalgo cursó los primeros años de Medicina en la Universidad de Cuenca, donde se graduó con las más altas calificaciones, y completó su doctorado en la Universidad Central del Ecuador, en Quito, en 1921, convirtiéndose en la primera mujer en obtener un título de doctora en medicina en el país. Ejerció la profesión en Guayaquil durante más de dos décadas, fue miembro fundador de la Federación Médica Ecuatoriana y de la Asociación de Cirujanos de Quito, y más tarde amplió su formación en pediatría, neurología y dietética en Argentina.
Su trayectoria como médica pionera fue, en muchos sentidos, la condición previa del episodio político que la hizo célebre: fue precisamente su condición de profesional titulada, con un capital simbólico que pocas mujeres de su generación podían reunir, lo que le permitió enfrentarse a la junta electoral de Machala en 1924 con un argumento difícil de rebatir. Hidalgo murió en Guayaquil el 20 de febrero de 1974, tras complicaciones de un accidente cerebrovascular sufrido el año anterior.
El voto de 1924: la primera mujer que sufragó en América Latina
El episodio ocurrió en el marco de las elecciones legislativas de 1924. Según las crónicas de la época, cuando los funcionarios de la junta electoral de Machala dudaron sobre si debían inscribirla, Hidalgo respondió citando la Constitución vigente: para votar, el único requisito era ser mayor de veintiún años y saber leer y escribir, y ninguno de esos artículos excluía a las mujeres. Ante la falta de un fundamento legal claro para negarse, la junta la empadronó, y el 9 de junio de 1924 Hidalgo emitió su voto.
El hecho no pasó inadvertido. El caso llegó al Consejo de Estado, la instancia consultiva del gobierno del presidente José Luis Tamayo, que resolvió que no existía impedimento legal alguno para que las mujeres ejercieran el derecho al voto. La resolución no modificó la Constitución ni convirtió el sufragio femenino en una obligación o una práctica generalizada —durante los años siguientes, el número de mujeres registradas como electoras siguió siendo mínimo—, pero sentó un precedente que ningún gobierno posterior intentaría revertir de forma explícita.
La prensa de la época recibió el episodio con una mezcla de sorpresa y condescendencia. Varios editorialistas insistieron en que las mujeres no habían pedido ese derecho, sino que se les había «abierto una puerta» que ellas apenas se atrevían a cruzar, y calificaron a Hidalgo de «energética» o «valiente», adjetivos que, leídos hoy, revelan lo excepcional que resultaba entonces la sola idea de una mujer en las urnas. El propio debate sobre el sufragio femenino, sin embargo, ya no pudo cerrarse: a partir de 1924 se instaló de forma permanente en el Congreso, en la prensa y en las revistas de mujeres de Quito y Guayaquil.
La Revolución Juliana y el debate sobre el sufragio femenino
El voto de Hidalgo llegó apenas un año antes de un punto de inflexión en la política ecuatoriana. En julio de 1925, un grupo de jóvenes oficiales derrocó al gobierno oligárquico de Gonzalo Córdova en lo que se conoce como la Revolución Juliana, un movimiento que buscaba modernizar el Estado y romper el dominio de la banca privada guayaquileña sobre las finanzas públicas. Ese mismo año, en el marco de las primeras reformas julianas, la maestra Amarilis Fuentes Alcívar fue designada concejala de Guayaquil, una de las primeras mujeres en ocupar un cargo de representación municipal en el país.
El gobierno provisional de Isidro Ayora, que asumió en 1926 tras la etapa más inestable de la Revolución Juliana, convocó una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva carta política. En ese proceso, el debate sobre el sufragio femenino se trasladó del terreno de la excepción individual al de la ley general: ya no se trataba de si una mujer podía, en los hechos, ser empadronada gracias a un vacío legal, sino de si la nueva Constitución debía reconocer explícitamente ese derecho para todas las mujeres alfabetas del país.
Las posiciones no fueron uniformes. El Partido Conservador, inicialmente reticente, giró hacia fines de la década de 1920 hacia un apoyo abierto al sufragio femenino, calculando que las mujeres de arraigo católico y rural inclinarían la balanza electoral en su favor. La Iglesia, que había mirado con recelo la participación política de las mujeres, moderó su postura por las mismas razones. Los liberales, en cambio, que habían sido favorables en un primer momento, empezaron a mostrarse más cautelosos a medida que el cálculo político jugaba en su contra.
1929: Ecuador, primer país de América Latina en reconocer el voto de la mujer
La Asamblea Nacional Constituyente sancionó la nueva Constitución en marzo de 1929, y con ella el reconocimiento explícito, aunque limitado, del sufragio femenino: podían votar las mujeres mayores de 21 años que supieran leer y escribir, en las mismas condiciones que los hombres, aunque —a diferencia de ellos— el ejercicio del voto seguía siendo voluntario para ellas, no obligatorio. Con esa reforma, Ecuador se convirtió en el primer país de América Latina en otorgar el derecho al voto a las mujeres, varios años antes que Brasil y Uruguay (1932), Cuba (1934) o Perú (1955).
Lo llamativo del caso ecuatoriano, señalan Mercedes Prieto y Ana María Goetschel, es que el reconocimiento no fue la conquista de un movimiento sufragista organizado y masivo, como ocurrió en buena parte de Europa o Estados Unidos, sino el desenlace de un proceso más difuso: un vacío legal, una acción individual, un debate de élites y un cálculo de partido que confluyeron en una misma dirección. Eso no le resta importancia histórica al hecho, pero sí explica por qué la proporción de mujeres efectivamente registradas para votar siguió siendo baja durante años: hacia 1933, apenas el 12 por ciento del padrón electoral estaba compuesto por mujeres.
El carácter voluntario del sufragio femenino tuvo, además, una consecuencia política inmediata. Cuando en agosto de 1932 estalló la llamada Guerra de los Cuatro Días en Quito, un breve conflicto armado en torno a la validez de la elección presidencial, algunos observadores de la época atribuyeron la victoria electoral previa de José María Velasco Ibarra, en parte, a la movilización de mujeres conservadoras que habían salido a las calles en defensa de su candidato. Fuera o no determinante, el episodio muestra que apenas tres años después de la reforma constitucional, el sufragio femenino ya se percibía como una variable real de la política ecuatoriana.
Un feminismo propio: revistas, redes y debates (1900-1938)
El voto de Hidalgo y la reforma de 1929 no surgieron en el vacío. Desde comienzos del siglo XX, grupos de maestras y profesionales de clase media impulsaron en Quito y Guayaquil una red de publicaciones dirigidas a las mujeres que discutían la educación, el trabajo y —cada vez con más frecuencia— la participación política femenina. Entre 1890 y 1937 circularon revistas como El Tesoro del Hogar, La Mujer, El Hogar Cristiano, La Ondina del Guayas, Flora, Nuevos Horizontes e Iniciación, entre otras, con una difusión modesta pero un papel decisivo en la formación de una opinión pública sobre el llamado «feminismo».

La pionera de ese periodismo de mujeres fue Zoila Ugarte de Landívar, escritora guayaquileña que en 1905 fundó La Mujer, la primera revista feminista del país, y que años más tarde sería candidateada por sus propios vecinos de Loja para integrar la Asamblea Nacional. A ella se sumaron figuras como María Angélica Idrobo, maestra de Imbabura, y Victoria Vásconez Cuvi, entre otras educadoras que, desde el aula y desde la prensa, sostuvieron durante décadas un debate sobre los roles de la mujer en la sociedad ecuatoriana.

No existió un único feminismo, sino una constelación de posiciones distintas y a veces enfrentadas. Un sector, próximo al llamado feminismo maternal, defendía que la función primordial de la mujer seguía estando en el hogar y que la educación y los derechos jurídicos debían servir para cumplir mejor ese rol. Otro sector, de tendencia socialista, reclamaba una participación política más amplia y el reconocimiento pleno de la autonomía femenina.
Ese debate culminó, en 1935, en la primera Convención Nacional de Mujeres Ecuatorianas, celebrada en Guayaquil, y en 1938, en la fundación en Quito de la Alianza Femenina Ecuatoriana, que reunió por primera vez a mujeres de distintas clases sociales en torno a una agenda política común: igualdad salarial, protección laboral y reforma de las leyes civiles y penales que aún restringían la vida de las mujeres.
Las pioneras en las urnas: concejalas y senadoras (1925-1931)
Tras la reforma constitucional de 1929, el número de mujeres electas o designadas para cargos públicos, aunque reducido, empezó a crecer de forma constante. En 1930, ya reconocido el sufragio femenino en la nueva Constitución, la propia Matilde Hidalgo de Procel fue elegida representante ante la corporación municipal de Machala, y la obstetra Berta Valverde Álvarez obtuvo un cargo equivalente en Guayaquil. Ese mismo año, dos mujeres, Lucrecia Cisneros y Sergia Loor Alcívar, fueron electas senadoras funcionales suplentes por la instrucción pública, entre las primeras en llegar al Congreso ecuatoriano.
El avance, sin embargo, distó de ser lineal. En 1941, cuando Hidalgo presentó su candidatura a diputada por la provincia de Loja y triunfó en las elecciones, las autoridades solo la reconocieron como primera suplente, no como titular. Centenares de mujeres firmaron entonces una protesta pública exigiendo justicia, en una de las primeras movilizaciones colectivas explícitamente feministas registradas en el país. El episodio ilustra una tensión que se repetiría durante décadas: el reconocimiento formal del derecho al voto y a ser elegida avanzaba más rápido que la disposición efectiva del sistema político a ceder espacios reales de poder a las mujeres.
El primer gran salto institucional llegó pocos años después: en 1941 se eligió a la primera mujer diputada provincial del país, y en diciembre de 1944, en el marco de la Asamblea Constituyente reunida tras la caída del gobierno de Carlos Arroyo del Río, resultó electa la primera diputada nacional. Las mujeres, incluidas dirigentes indígenas como Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña, habían tenido además un papel activo en la huelga general de mayo de 1944 que derrocó a Arroyo del Río, aunque ese protagonismo en las calles tardó todavía en traducirse en una presencia proporcional dentro de las instituciones.
De la excepción al voto obligatorio: 1941-1967
Durante más de tres décadas después de 1929, el sufragio femenino en Ecuador siguió siendo, en la letra de la ley, un derecho voluntario, distinto del voto obligatorio que la Constitución imponía a los hombres alfabetos. Esa asimetría reflejaba una concepción todavía tutelar de la ciudadanía femenina: se reconocía a las mujeres el derecho a votar, pero no se las consideraba, en un sentido pleno, sujetas a las mismas obligaciones cívicas que a los varones.
La proporción de mujeres inscritas en el padrón electoral, minoritaria en la década de 1930, creció de forma sostenida en los años siguientes, impulsada tanto por la ampliación de la educación femenina como por la creciente organización de asociaciones de mujeres en distintas provincias del país. Recién en 1967, bajo una nueva Constitución, el sufragio femenino se igualó por completo al masculino: dejó de ser voluntario y pasó a ser obligatorio y universal para todas las mujeres alfabetas, cerrando así, más de cuatro décadas después del voto pionero de Matilde Hidalgo en Machala, el ciclo abierto en 1924.
El reconocimiento pleno de los derechos políticos de las mujeres indígenas y analfabetas, sin embargo, tardaría todavía más: no llegaría hasta la década de 1970, cuando Ecuador extendió el derecho al voto a la población analfabeta en su conjunto, un colectivo en el que las mujeres del campo, en particular las indígenas, estaban sobrerrepresentadas. El propio caso de Dolores Cacuango, activa en la política ecuatoriana desde los años treinta sin poder votar por no saber leer ni escribir en castellano, recuerda que la historia del sufragio femenino en Ecuador no terminó en 1929, ni siquiera en 1967.
Cronología
| 1883 | La Asamblea Nacional debate por primera vez el «sexo del ciudadano» |
| 1897 y 1906 | Las nuevas constituciones no repiten la exclusión expresa de las mujeres del voto |
| 9 de junio de 1924 | Matilde Hidalgo de Procel vota en Machala; primera mujer en sufragar en América Latina |
| Julio de 1925 | La Revolución Juliana derroca al gobierno de Gonzalo Córdova; Amarilis Fuentes Alcívar es designada concejala de Guayaquil |
| Marzo de 1929 | La nueva Constitución reconoce el sufragio femenino voluntario |
| 1930 | Matilde Hidalgo es elegida concejala de Machala; primeras senadoras funcionales |
| Agosto de 1932 | Guerra de los Cuatro Días; se atribuye influencia al sufragio femenino en la elección previa |
| 1935 y 1938 | Primera Convención Nacional de Mujeres Ecuatorianas y fundación de la Alianza Femenina Ecuatoriana |
| 1941 | Primera mujer diputada provincial; Hidalgo gana en Loja pero es reconocida solo como suplente |
| Diciembre de 1944 | Primera mujer diputada nacional, tras la caída de Carlos Arroyo del Río |
| 1967 | El sufragio femenino se vuelve obligatorio y universal, en igualdad con el masculino |
Conclusión
El sufragio femenino en Ecuador nació de una combinación poco habitual de factores: un vacío legal que nadie había anticipado, la decisión de una médica lojana de exigir su cumplimiento y un cálculo político conservador que encontró en el voto de las mujeres una herramienta útil contra el liberalismo dominante. De esa confluencia surgió, en 1929, el primer reconocimiento constitucional del sufragio femenino en toda América Latina, casi una década antes que Brasil o Cuba.
Pero el reconocimiento legal no cerró, por sí solo, la desigualdad política entre hombres y mujeres. El carácter voluntario del sufragio femenino hasta 1967, la exclusión de las mujeres analfabetas hasta la década de 1970, y episodios como el desconocimiento de la banca de diputada que Hidalgo había ganado en las urnas en 1941, muestran que entre el derecho formal y su ejercicio efectivo hubo, en Ecuador, una distancia que tardó generaciones en cerrarse.
Fuentes y bibliografía
- Mercedes Prieto y Ana María Goetschel, «El sufragio femenino en Ecuador, 1884-1940», Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Sede Ecuador.
- Giuseppina Sara Da Ros, «El movimiento de mujeres en Ecuador: perspectiva histórica, reivindicaciones y logros».
- Ana María Goetschel, Educación de las mujeres, maestras y esferas públicas: Quito en la primera mitad del siglo XX, FLACSO Ecuador / Abya-Yala, 2007.
- Nancy Carrión, periodización del movimiento de mujeres en Ecuador (2008), citada en Da Ros.
- Consulta en el repositorio de Dialnet y en el Sistema de Bibliotecas de FLACSO Ecuador.
Fuentes primarias
Registros de prensa de la época citados en Prieto y Goetschel (2005): diarios El Día y El Comercio de Quito, y El Telégrafo de Guayaquil, años 1924-1937; actas de la Asamblea Nacional de 1883-1884 y de 1896-1897, Archivo del Congreso Nacional.
Ver también
- La Revolución Juliana (1925-1931)
- La Guerra de los Cuatro Días y el ascenso de Velasco Ibarra (1932-1935)
- El Levantamiento Indígena de 1990
- Inestabilidad política en Ecuador: la caída de tres presidentes (1997-2005)
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Soy docente en Ciencias de la Educación, con mención en Ciencias Sociales, y ejerzo la docencia desde 2020 tanto en el sector público como privado. La historia universal ha sido una pasión constante en mi vida, y de ahí nació la inquietud detrás de este proyecto: en años de investigar y recopilar información sobre la historiografía de mi país, me encontré una y otra vez con datos dispersos, imprecisos o directamente erróneos circulando en la red.
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