La pintura iridiscente: una técnica perdida y recuperada

El brillo metálico de la cerámica de la costa central: cómo se perdió la técnica, cómo se logró replicarla con especularita bruñida y qué representan sus diseños cósmicos.

Actualizado el 15 de agosto de 2026Publicado el 12 de agosto de 2026

Introducción

Entre los rasgos técnicos más notables de la cerámica prehispánica ecuatoriana está la pintura iridiscente: una decoración que produce sobre el barro un brillo metálico, casi tornasolado, y que se aplicó sobre todo en la costa central entre el Formativo Tardío y el Desarrollo Regional Temprano.

Su historia tiene dos partes igualmente interesantes. La primera es técnica: la técnica se perdió por completo hacia el final del Desarrollo Regional Temprano, y durante décadas los especialistas discutieron cómo se hacía, hasta que en el siglo XXI una investigadora logró replicarla. La segunda es simbólica: los diseños que se pintaron con ella no son adornos, sino representaciones del orden del cosmos.

Este artículo recorre qué es la pintura iridiscente, dónde y cuándo se usó, cómo se resolvió el enigma de su fabricación, qué significan sus diseños y en qué se distingue de la pintura negativa, con la que suele confundirse.

Ficha técnica

TécnicaAplicación de óxido de hierro entre dos cocciones, con bruñido en húmedo
MaterialHematita terrosa y hematita especular (especularita) mezcladas en agua
ÁmbitoEsencialmente la costa central del Ecuador
CulturasChorrera y su variante Engoroy; continúa en Bahía II, Bahía II-Salaite y Guangala Temprano
CronologíaDel Formativo Tardío al final del Desarrollo Regional Temprano
SoportesCuencos y platos sobre todo; también ollas, botellas y bases de platos pedestales
Fuentes de hematitaPascuales (Guayas) y Montecristi (Manabí), esta última con depósitos de manganeso
Replicación experimentalKathleen M. Klumpp, 2013
Fuentes principalesKlumpp (2013, 2014); Lunniss, «Iconografía y cosmología», STRATA 2025; Echeverría Almeida, Boletín ANH n.º 213; Álvarez (1995)
Última revisiónAgosto de 2026

Dónde y cuándo

La pintura iridiscente se asocia sobre todo a Chorrera y a su variante costera Engoroy, y continúa después en las fases del Desarrollo Regional Temprano documentadas en Salango: Bahía II, Bahía II-Salaite y Guangala Temprano.

Su distribución es marcadamente costera. Se registra una presencia menor en sitios de la provincia del Azuay -Cerro Narrío, Pirincay, Chaullabamba-, pero se atribuye a la circulación de piezas fabricadas originalmente en la costa, no a producción local. Por eso se la considera una técnica ligada a una identidad cultural concreta.

Conviene señalar una limitación que la propia investigación reconoce: aunque las fechas de radiocarbono permiten situar el inicio de Chorrera hacia 1300-1200 a. C., no se sabe exactamente cuándo ni dónde se originó la técnica. Es un dato abierto.

Un saber perdido

Al final del Desarrollo Regional Temprano la pintura iridiscente cayó en desuso y los saberes técnicos se perdieron por completo. No hay continuidad artesanal ni memoria transmitida: lo que quedaba eran las piezas y ninguna instrucción.

Desde los años setenta del siglo XX, varios investigadores propusieron teorías sobre el proceso y experimentaron con reproducirla. Un avance decisivo llegó cuando Aurelio Álvarez, de la Universidad de Barcelona, examinó tiestos Engoroy y Guangala con microscopio electrónico de barrido y observó que la pintura había pasado por un proceso de doble cocción: una antes y otra después de aplicar el pigmento.

Faltaba, sin embargo, demostrar cómo se preparaba y aplicaba el material. Ese paso lo dio la ceramista y antropóloga Kathleen Klumpp.

La especularita

El ingrediente clave es la especularita o hematita especular: una variedad de óxido de hierro cuya estructura es laminar y cuyo aspecto en bruto es plateado y metálico.

Muestra de especularita, la variedad laminar y brillante de la hematita empleada en la pintura iridiscente
Especularita o hematita especular. En bruto se presenta como láminas plateadas de aspecto metálico. GeoDIL, vía Wikimedia Commons (CC0).

Durante años se objetó que este mineral era demasiado duro para molerse en partículas suficientemente pequeñas con medios manuales, y que por tanto los alfareros antiguos no podrían haberlo usado como pintura. Klumpp refutó esa objeción con un argumento físico simple: cada hoja laminar tiene apenas unos cinco micrómetros de grosor, de modo que se fractura con facilidad usando solo un mortero de piedra dura y áspera. La aspereza es necesaria para desorganizar las láminas; la tarea, escribe, resulta sencilla y rápida.

Detalle de las capas laminares de hematita especular, de unos pocos micrómetros de grosor
Capas laminares de hematita especular. Su finura extrema explica que puedan fracturarse a mano, sin maquinaria. Wikimedia Commons (CC BY 4.0).

En el litoral ecuatoriano hay hematitas en la región de Pascuales, en Guayas, y en Montecristi, en Manabí; esta última con depósitos de manganeso, muy útil para obtener el color negro.

Cómo se hacía

El procedimiento que Klumpp reconstruyó tiene cuatro momentos, y su descripción en primera persona es lo más cercano que tenemos a ver trabajar a un alfarero de hace dos mil quinientos años.

Primero, moja el dedo índice en el líquido -hematita terrosa y especularita en agua- bien revuelto, para evitar que las partículas férricas sedimenten y para obtener partículas de tamaños diversos en la misma gota.

Segundo, pinta una banda con la yema del dedo sobre la vasija, que ya ha recibido una primera cocción a temperatura baja. Los poros vacíos de la cerámica absorben la pintura hasta el tope. La banda queda mate, sin brillo alguno.

Tercero -y este es, en sus palabras, el paso milagroso- bruñe la banda pasando ligeramente el dedo limpio sobre la superficie mientras la pintura conserva algo de humedad. La operación dura segundos: si la pintura se seca, se deshace en polvo. Klumpp estima que son las plaquitas finísimas de especularita, alineadas en paralelo por el bruñido, las responsables del lustre metálico.

Cuarto, la pieza se somete a una segunda cocción, a temperatura algo más alta, para que la película de hematita se adhiera a la superficie ya cocida. Opcionalmente podía ahumarse en esa segunda quema; de ahí que el fondo de muchas piezas no sea negro uniforme sino una gama de cafés, grises y negros.

Conviene registrar que esta reconstrucción es, en varios aspectos, opuesta a la que había propuesto en 1976 el técnico ceramista Robert Sonin, que suponía un engobe coloidal preparado de antemano. Klumpp no fue la primera en sugerir que la especularita estaba implicada -Holm y Zedeño lo habían planteado-, pero sí la primera en demostrar cómo se prepara y se usa.

Una lectura cosmológica del proceso

Klumpp va más allá de lo técnico y propone leer el propio procedimiento como una operación simbólica. Su argumento merece exponerse con cuidado, porque es una interpretación, no un dato.

Al moler la especularita se produce una transformación visual radical: de láminas grandes, plateadas y ordenadas en paralelo, a partículas pequeñas, rojas, dispersas y desordenadas. La estructura laminar subyacente, sin embargo, no cambia. Klumpp interpreta esa transformación en clave de la cosmovisión andina, caracterizada por oposiciones complementarias y jerárquicas -hombre y mujer, arriba y abajo, orden y caos- y por ciclos de destrucción y renovación.

En ese marco, el líquido rojo se asocia a la sangre y al lado femenino; la piedra sólida y organizada, al masculino. El bruñido produce entonces la transformación inversa, del desorden femenino al orden masculino, y con él retorna cíclicamente el orden del universo.

El bruñido tiene además un sentido preciso: elimina la capa mate superficial para revelar el brillo de debajo. En una cosmología andina, ese brillo representa la fuerza o esencia vital que reside en el interior de todas las cosas. Klumpp señala que el mismo principio opera en la metalurgia: según Heather Lechtman, al producir tumbaga se eliminaba con ácido la capa superficial de cobre para revelar el oro subyacente. Manipular la superficie para liberar lo que está debajo.

Su conclusión es que, para el alfarero de Chorrera, preparar la especularita y pintar con ella no era una tarea técnica sino una actividad espiritual cargada de símbolos. Es una hipótesis atractiva y bien argumentada; conviene recordar que se apoya en analogías con cosmovisiones andinas documentadas mucho después.

Los diseños: el orden del cosmos

El estudio más reciente de la iconografía iridiscente, realizado por Richard Lunniss sobre material de Salango, aborda qué se pintaba con esta técnica. Los diseños dominantes son geométricos y establecen orden espacial: arcos, triángulos, puntos grandes, rayas rectas y bandas, con énfasis en la composición concéntrica y la simetría rotacional.

Sus temas recurrentes son el espacio concéntrico, el centro, el eje central, el acceso a ese centro desde el exterior, las cuatro direcciones y la simetría. Entre ellos aparece el quincunx: la representación de las cuatro direcciones y el centro de la tierra, punto por el que atraviesa el eje vertical que a la vez conecta y separa el mundo terrestre, el cielo y el inframundo.

Lunniss sostiene que estos diseños no son ornamentales sino reflexiones sobre la estructura cósmica, y que los mismos principios -cuatro direcciones, eje central, zonas concéntricas, centro como axis mundi– están evidenciados en la arquitectura y la organización de los sitios ceremoniales del sur de Manabí. La simetría rotacional o bilateral remite, además, al dualismo que fue base del cosmos y de la sociedad.

Un diseño concreto ilustra bien la complejidad: dos serpientes, cada una hecha con una banda curvada por cuerpo y un punto circular por cabeza, se persiguen alrededor de un centro marcado por tres rayas, dentro de un círculo señalado por cuatro grupos de cuatro puntos.

La cautela del investigador

Merece la pena detenerse en cómo formula Lunniss sus límites, porque es un modelo de honestidad metodológica. Admite que resultaría imposible establecer el pleno significado de una iconografía elaborada dentro de un sistema cultural tan distante y todavía tan poco estudiado como el de Bahía, y que falta conocimiento sobre cómo se visualizaron originalmente esos diseños. Pese a esas limitaciones, sostiene, es posible indicar correspondencias que permitan un acercamiento.

Una de esas correspondencias procede de la etnografía amazónica. Reichel-Dolmatoff estudió los diseños cósmicos con que los tukano del noroeste amazónico adornaban sus malocas, cerámica y vestimentas, y sugirió que derivaban de imágenes percibidas durante trances alucinatorios, sometidas después a un largo proceso cultural de codificación. Por analogía, se ha propuesto que los diseños iridiscentes también podrían proceder de experiencias trascendentales de chamanes.

Es, insistimos, una hipótesis por analogía entre pueblos separados por milenios y por una cordillera. Su valor está en abrir una vía de interpretación, no en cerrarla.

No confundir con la pintura negativa

La pintura iridiscente suele confundirse con la pintura negativa, que es una técnica distinta y de distribución mucho más amplia. La diferencia es conceptual: en la decoración positiva el motivo se destaca por sí mismo; en la negativa, es el fondo el que hace destacar la figura.

José Echeverría Almeida ha sistematizado sus variantes. Una consiste en pintar el fondo alrededor de la figura, que conserva un engobe más claro o el color de la vasija -la llamada falsa decoración negativa-, con un color oscuro que puede ser de origen vegetal o mineral. Otra invierte el planteamiento representando la figura con colores oscuros y dejando el fondo del color de la pasta. Otra más pinta figuras claras sobre un engobe oscuro, con predominio de los valores oscuros del fondo.

Esta técnica tuvo desarrollo notable en la sierra norte, particularmente en los estilos Piartal y Tuza de la provincia del Carchi, entre los siglos IX y XVI. Ambas técnicas aparecen incluso en piezas Chorrera, pero no deben confundirse: la iridiscente busca brillo metálico mediante un mineral bruñido; la negativa juega con el contraste entre figura y fondo.

Conclusión

La pintura iridiscente es un buen caso para entender cómo trabaja la arqueología cuando el saber se ha perdido. La estratigrafía y el microscopio establecieron que hubo doble cocción; la arqueología experimental demostró cómo se preparaba el pigmento y por qué el bruñido produce el brillo; el análisis iconográfico propone qué significaban los diseños. Cada capa tiene distinto grado de certeza, y conviene no mezclarlas.

También corrige una idea extendida. Que una técnica se pierda no significa que fuera primitiva ni frágil: significó durante más de un milenio la marca de identidad de la cerámica de la costa central, y su desaparición al final del Desarrollo Regional Temprano sigue sin explicación satisfactoria. La objeción de que los alfareros antiguos no habrían podido moler especularita a mano decía, en el fondo, más sobre quienes la formulaban que sobre los alfareros.

Fuentes y bibliografía

  • Klumpp, Kathleen M. «Replicación de la pintura iridiscente», 2014; y «La pintura iridiscente: réplicas experimentales de una técnica decorativa precolombina», Taller de Cerámica, 2013.
  • Lunniss, Richard. «Iconografía y cosmología precolombina: diseños en pintura iridiscente del sur de Manabí», STRATA. Revista Ecuatoriana de Arqueología y Paleontología, vol. 3, n.º 2, INPC, 2025.
  • Echeverría Almeida, José. «Los secretos de la pintura negativa en el Pacífico occidental», Boletín de la Academia Nacional de Historia, n.º 213, 2025.
  • Álvarez P., Aurelio. «La cerámica arqueológica del Ecuador», en Guinea, Bouchard y Marcos (comps.), Cultura y medio ambiente en el área andina septentrional. Abya-Yala, Quito, 1995.
  • Lathrap, Donald W., Donald Collier y Helen Chandra. Ancient Ecuador: Culture, Clay and Creativity, 3000-300 BC. Field Museum of Natural History, Chicago, 1975.
  • Bischof, Henning. «La fase Engoroy: períodos, cronología y relaciones», ESPOL, Guayaquil, 1982.
  • Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Estudios sobre los diseños cósmicos tukano, 1969 y 1990.
  • Lechtman, Heather. Estudios sobre metalurgia andina y tumbaga, 1979 y 2003.
  • Zeidler, James A. «Formative period chronology for the coast and western lowlands of Ecuador», Dumbarton Oaks, 2003.
  • Ugalde, María Fernanda. Iconografía de la cultura Tolita. Reichert Verlag, Wiesbaden, 2009.

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