Cultura Jama-Coaque

Casi dos mil años en el norte de Manabí: la alfarería figurativa más detallada del Ecuador prehispánico, el debate sobre los tocados, las aves, los chamanes y el problema del saqueo.

Actualizado el 17 de agosto de 2026Publicado el 12 de agosto de 2026

Introducción

La cultura Jama-Coaque se desarrolló en el norte de Manabí y el sur de Esmeraldas, en una franja costera privilegiada por la cercanía del mar y las desembocaduras de los ríos. Es una de las tradiciones más longevas del actual Ecuador: atraviesa por completo el Desarrollo Regional y el período de Integración, desde alrededor del 350 a. C. hasta la conquista española.

Su rasgo más reconocible es una alfarería figurativa de un detalle excepcional. Vasijas y figurines retratan hombres y mujeres, caciques, chamanes, sacerdotes y sacerdotisas; casas y pirámides escalonadas; escenas de pesca, agricultura y ceremonia. Es, en la práctica, un archivo visual de la vida cotidiana y ritual de una sociedad ágrafa.

Tres piezas de cerámica Jama-Coaque fotografiadas con las paletas de los colores presentes en cada una
Tres piezas Jama-Coaque con la paleta de colores documentada en cada una. Sánchez-Polo et al., Scientific Reports 9:2642 (2019), CC BY 4.0. Fotografías de Alejandra Sánchez-Polo. Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado, Quito.

Este artículo recorre su territorio y cronología, la secuencia arqueológica del valle de Jama y las erupciones que la interrumpieron, la organización social, la iconografía de tocados y aves, el universo ceremonial y los problemas que plantea estudiar una cultura cuyo material procede en gran parte del saqueo.

Ficha técnica

Cronologíac. 350 a. C. – 1532 d. C.
PeríodosDesarrollo Regional (Jama-Coaque I) e Integración (Jama-Coaque II)
TerritorioNorte de Manabí y sur de Esmeraldas; límites discutidos
Definición inicialEmilio Estrada, 1957, entre los ríos Jama y Coaque
Fases cerámicasMuchique 1 a 5, definidas en el valle de Jama
Sitios principalesSan Isidro, La Mina, El Tape, Don Juan, Acrópolis y Mula Muerta (Santa Rosa), Coaque Centro, Quiauque
OrganizaciónUna o varias jefaturas complejas con asentamientos ceremoniales jerarquizados
Base económicaAgricultura (maíz, fréjol, calabaza), pesca, recolección y caza
Fuentes principalesZeidler y Pearsall, Arqueología regional del norte de Manabí (1994); Gutiérrez Usillos, El eje del universo (2011); Quelal (2013); Zeidler (2016, 2023)
Última revisiónAgosto de 2026

Territorio y límites discutidos

Emilio Estrada definió la cultura en 1957 a partir de material hallado entre los ríos Jama y Coaque, en el norte de Manabí. Su extensión exacta, sin embargo, sigue siendo objeto de revisión. Las propuestas van desde el cabo de San Francisco hasta Bahía de Caráquez, con ajustes posteriores que reducen el límite norte hasta la bahía de Cojimíes o extienden su presencia tierra adentro hasta Chone e incluso Santo Domingo.

El emplazamiento explica su economía: cerca del mar y en las desembocaduras de los ríos, la población combinó agricultura, caza y pesca. Los análisis arqueobotánicos de Deborah Pearsall en el valle de Jama documentan maíz, fréjol, canavalia, mates, frutos de palma, guayaba y semillas, además de fitolitos de tubérculos como la achira y el arrurruz desde etapas formativas tempranas.

Hay una discordancia interesante entre lo que se cultivaba y lo que se representaba. Los restos botánicos indican que el maíz, el fréjol y la calabaza eran los cultivos prioritarios, mientras la yuca aparece de forma constante en los tocados cerámicos pero está casi ausente del registro arqueobotánico. La explicación propuesta combina dos factores: la dificultad de conservación de pólenes y fitolitos de yuca, y un peso simbólico mayor que el alimentario.

Cronología y fases

La tradición se divide convencionalmente en dos grandes momentos. Jama-Coaque I corresponde al Desarrollo Regional y es contemporánea de La Tolita-Tumaco, con la que probablemente intercambió influencias cerámicas. Jama-Coaque II pertenece al período de Integración y se caracteriza por una decoración más detallada.

La secuencia fina procede del Proyecto Arqueológico y Paleoetnobotánico del Valle de Jama, dirigido en los años ochenta por James Zeidler y Deborah Pearsall. A partir del sitio de San Isidro estableció cuatro fases cerámicas denominadas Muchique -de las cuales solo las tres primeras están documentadas en ese sitio- y posteriormente una quinta, ya de época colonial, en el complejo de Santa Rosa.

San Isidro presenta una ocupación de unos tres mil años, desde Valdivia en el Formativo Temprano, pasando por Chorrera, hasta Jama-Coaque. Su tola sugiere que funcionó como centro ceremonial y administrativo, construida entre las fases Muchique 1 y 3. En La Mina, la secuencia se extiende hasta el período colonial.

Estatuilla de cerámica Jama-Coaque que representa a un personaje principal con tocado y ornamentos elaborados
Figura de un personaje principal. La indumentaria y los ornamentos permitían identificar procedencia, estatus y posición del individuo. Wikimedia Commons (CC0).

Una historia interrumpida por los volcanes

Durante décadas se supuso que las culturas costeras formaban una ocupación continua desde su aparición hasta 1532, con un único episodio disruptivo: la Conquista. La investigación en el valle de Jama ha desmentido ese supuesto de forma contundente.

Se han identificado al menos cinco caídas de ceniza volcánica -tefras- procedentes de erupciones del Guagua Pichincha, el Pululahua, el Ninahuilca y el Quilotoa. Tres de ellas afectaron ocupaciones formativas previas, de Valdivia terminal y Chorrera. Una cuarta, atribuida al Guagua Pichincha, golpeó directamente a los pueblos Jama-Coaque de la fase Muchique 1, en los inicios del Desarrollo Regional. Los cuatro eventos provocaron el abandono del valle durante décadas en dos casos y varios siglos en los otros dos.

El caso de la erupción del Quilotoa, hacia 800 años antes del presente, es particularmente instructivo y conviene presentarlo con las cautelas que la propia investigación plantea. Su fecha coincide con exactitud con la transición entre las fases Muchique 3 y 4, y una vulcanóloga documentó un depósito de veinte centímetros de ceniza del Quilotoa en un perfil junto a San Isidro. Sin embargo, esa capa no ha podido identificarse como depósito discreto en ninguna de las excavaciones arqueológicas del valle.

Lo que sí cambió en ese momento fue el mapa del poder: San Isidro, centro cacical del valle medio, perdió su influencia, que pasó al complejo de montículos de Santa Rosa, en el valle bajo, con el sitio Acrópolis -la tola de plataforma más grande de toda la cuenca- como nuevo centro durante la fase Muchique 4. Si ese desplazamiento tuvo relación con la erupción o simplemente coincidió con ella es, en palabras del propio investigador, algo que no está claro.

Pese a esas rupturas repetidas, estas poblaciones alcanzaron un nivel notable de complejidad social y política a lo largo de una secuencia de unos 3.700 años, que culminó en cacicazgos complejos, centros ceremoniales de montículos, desigualdad social pronunciada y una fuerte red interregional al momento de la Conquista.

Organización social y asentamientos

La interpretación dominante describe una o varias jefaturas complejas organizadas en torno a asentamientos ceremoniales jerarquizados, con cacicazgos autónomos desarrollándose en distintos sectores del valle. El patrón de asentamiento muestra poblaciones distribuidas en casas situadas alrededor de los centros ceremoniales.

Un dato revelador sobre la propia disciplina: las maquetas cerámicas de casas, que son la mejor fuente sobre la arquitectura doméstica de esta cultura, se conocen sobre todo por colecciones saqueadas conservadas en Quito y otras ciudades, no por excavaciones controladas.

Estatuilla de cerámica Jama-Coaque que representa a un hombre sentado
Figura masculina sentada. Los personajes masculinos suelen llevar taparrabos sin decoración, concentrando el detalle en tocados y collares. Wikimedia Commons (CC0).

Los tocados: un debate abierto

El elemento iconográfico más estudiado es el tocado. Andrés Gutiérrez Usillos ha sostenido que en la sociedad Jama-Coaque todo estaba regularizado, hasta el punto de que resultaba sencillo identificar la procedencia, el estatus y la posición de un individuo según la indumentaria que portara. Por analogía con La Tolita, donde el tocado se considera uno de los símbolos más diferenciadores, se ha propuesto que aquí cumpliría una función equivalente.

Un estudio posterior sobre cincuenta figurines procedentes de cinco sitios del norte de Manabí y sur de Esmeraldas puso a prueba esa hipótesis y no logró confirmarla. Sus autores clasificaron los tocados en redondos, cuadrados y otros, y encontraron que la complejidad varía dentro de cada grupo sin un patrón que permita asociarla a una élite frente al común de la población.

Su conclusión alternativa es que los tocados remitirían más a roles y actividades que a rangos. Así, los tocados con apliques de conchas apuntarían a familias vinculadas al mar, dedicadas a la pesca y la recolección de moluscos; los que incorporan granos de maní o representaciones de yuca señalarían la importancia de las actividades agrícolas. En la muestra analizada, casi la mitad de los tocados eran llanos, sin elaboración.

Este sitio no toma partido en la discusión. Conviene, eso sí, señalar dos cautelas metodológicas que sus propios autores reconocen: la mayoría de los figurines analizados estaban incompletos, lo que dificulta incluso determinar su sexo, y la tradición abarca casi dos mil años sin que exista todavía una secuenciación tipológica de las figuras antropomorfas. Comparar piezas separadas por siglos como si fueran contemporáneas es un riesgo real.

Chamanes, sacerdotes y el ciclo agrícola

Entre los personajes masculinos destacan figuras ataviadas con tocados y ponchos adornados con caracoles o con aves. Gutiérrez Usillos ha propuesto que esa división corresponde a dos conjuntos de ceremonias articuladas en torno al calendario agrícola: quien viste tocado de caracoles se vincularía al control del agua, la fertilidad y los rituales de sangre que propician buenas cosechas; quien porta aves, a la recolección, la necesidad de sol, la música y la fiesta de recogida de frutos.

La figura del chamán que predice y controla la climatología -el conjurador de nubes- tiene equivalentes documentados en el Perú y en México, y encaja con una economía que dependía de regular los ciclos de siembra y recolección. Se ha sugerido que estas figuras pudieron disponerse a la entrada de los templos y formar parte del ajuar funerario de ciertos personajes, y que se trata de retratos individualizados.

Máscara de cerámica de la cultura Jama-Coaque con rasgos faciales marcados
Máscara Jama-Coaque. Colección Ebnöther, vía Wikimedia Commons (dominio público).

Las mujeres: sacerdotisas y ritos de paso

Las representaciones femeninas se agrupan en dos tipos bien diferenciados. El primero muestra mujeres adultas erguidas, con faldas largas, tocados complicados, tatuajes en hombros y brazos, pintura facial y una posición ritual característica de las manos; se interpretan como sacerdotisas.

El segundo muestra jóvenes sentadas en el suelo, con las piernas extendidas y juntas, un tocado característico y un hatillo sobre las piernas que contiene narigueras, orejeras y collares. Durante mucho tiempo se las identificó como vendedoras de joyas; la interpretación actual las asocia a un rito de paso femenino, en el que el hatillo funcionaría como una suerte de dote y tras el cual la muchacha pasaba a ser casadera. La ausencia de tatuajes en este grupo sugiere que el tatuaje distinguía específicamente a las sacerdotisas, mientras el rito de paso lo realizaban todas las jóvenes.

Que algunas de estas figuras aparezcan embarazadas o con bebés a la espalda se ha leído como indicio de que las relaciones sexuales estaban toleradas antes del matrimonio y de que el rito se celebraba de forma colectiva. Conviene recordar que estas lecturas son interpretaciones iconográficas, no descripciones documentadas: reconstruyen prácticas a partir de imágenes, con la carga subjetiva que ello implica, algo que los propios investigadores advierten.

Las aves y el sonido

Las aves ocupan un lugar central en la iconografía. Un análisis sistemático ha identificado tres patrones: representaciones ornitomorfas de estilo naturalista, en las que la forma del pico permite distinguir especies; figuras híbridas de ave y felino; y personajes antropomorfos masculinos con tocado de ave o disfrazados de ave.

De ese análisis surge una propuesta interesante: los hombres con tocado de ave serían músicos y los disfrazados de ave, danzantes, ejecutando conjuntamente rituales ligados al calendario agrícola. Y una conclusión más sutil: que las aves eran valoradas sobre todo por el sonido que emiten más que por su carácter aéreo, lo que explicaría su presencia insistente en silbatos.

Vasija de cerámica Jama-Coaque en forma de jaguar
Vasija efigie de jaguar. Junto a las aves, jaguares, guacamayos, loros, monos y serpientes forman el repertorio zoomorfo vinculado al mundo ritual y mítico. Wikimedia Commons (CC BY 3.0).

Un estudio arqueoornitológico reciente sobre veintiséis piezas cerámicas de varias culturas costeras -entre ellas silbatos y estatuillas Jama-Coaque- ha ido más lejos, analizando morfología y sonido para asignar identidad taxonómica a las aves representadas. Sus autores concluyen que estas culturas desarrollaron sistemas acústicos complejos para reproducir cantos de aves concretas, y describen a sus creadores como observadores ornitológicos minuciosos.

Lo que revela la arqueometría

El estudio de dos vasijas Jama-Coaque del Museo de América mediante radiografía, sonda con videocámara y análisis de residuos ilustra bien lo que puede recuperarse de piezas sin contexto arqueológico. Las radiografías revelaron la estructura interna de las botellas silbadoras: a diferencia de otras tradiciones, que producen sonidos agudos, las Jama-Coaque son las únicas que emiten un sonido grave, generado en grandes ocarinas que conforman la propia cabeza de la figura.

Ese efecto sicoacústico se interpreta como complemento de ceremonias en las que se consumían plantas psicoactivas, dentro de técnicas chamánicas de éxtasis. El análisis iconográfico ha establecido además que en esta cultura se pintaban rostro y cuerpo de amarillo, rojo, negro y azul o azul verdoso.

Otro análisis arqueométrico, aplicado a once piezas de la colección del Museo Casa del Alabado, detectó en los pigmentos Jama-Coaque nanoestructuras de óxido de hierro comunes a todos los colores, lo que sugiere una única fuente volcánica de arcilla. En los pigmentos amarillos de goethita aparecieron nanofibras de carbono, indicio de tratamiento térmico. Y en algunos pigmentos azules, verdes y negros se identificaron compuestos modernos -azul de ftalocianina, litopón, blanco de titanio-, señal inequívoca de restauraciones recientes.

Once piezas de cerámica antropomorfa y zoomorfa de las culturas Jama-Coaque, Tumaco-La Tolita, Bahía y Valdivia, conservadas en el Museo Casa del Alabado de Quito
Piezas Jama-Coaque (A-F) comparadas con Tumaco-La Tolita (G, H), Bahía (I, J) y Valdivia (K). Sánchez-Polo et al., Scientific Reports 9:2642 (2019), CC BY 4.0. Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado, Quito.

El problema del saqueo

Conviene ser explícito sobre una limitación que atraviesa todo lo anterior. Buena parte de la cerámica Jama-Coaque disponible procede del saqueo de sitios, no de excavaciones documentadas. Eso significa que carece de contexto arqueológico: no se sabe con qué otras piezas apareció, en qué estrato, ni en qué tipo de depósito.

Las consecuencias son concretas. Dificulta fechar las piezas y ordenarlas en una secuencia; impide asociar objetos a personas o a espacios determinados; y, como han mostrado los análisis arqueométricos, deja abierta la puerta a restauraciones y repintes destinados al mercado de antigüedades, e incluso a falsificaciones. La arqueometría permite recuperar información de esas piezas descontextualizadas, pero no sustituye lo que el saqueo destruyó.

Cronología

c. 350 a. C.Primeras manifestaciones Jama-Coaque (Muchique 1), en el Desarrollo Regional.
Muchique 1Una erupción del Guagua Pichincha (Tefra III) golpea al valle de Jama.
c. 420-1150 d. C.Fases Muchique 2 y 3: unos 730 años de estabilidad sin desastres naturales.
c. 800 APErupción del Quilotoa; transición Muchique 3-4 y traslado del poder a Santa Rosa.
Muchique 4El sitio Acrópolis, con la mayor tola de la cuenca, se vuelve centro cacical.
1531-1532Conquista española de la región.
Muchique 5Fase colonial; en 1660 una erupción del Guagua Pichincha afecta al pueblo campace.

Conclusión

Jama-Coaque ofrece una paradoja útil. Es la cultura del actual Ecuador que dejó el retrato más minucioso de sí misma -sus oficios, sus ceremonias, sus tocados, sus casas, sus aves- y al mismo tiempo una de las peor conocidas en términos de contexto, porque gran parte de ese retrato llegó hasta nosotros por la vía del saqueo.

Su otra lección es cronológica. La secuencia del valle de Jama demuestra que la historia prehispánica de la costa no fue una línea continua interrumpida solo por la llegada de los españoles, sino un proceso puntuado por catástrofes volcánicas, abandonos de décadas o siglos y reocupaciones. Que estas poblaciones alcanzaran cacicazgos complejos y redes interregionales pese a esas rupturas repetidas es, probablemente, lo más notable de su historia.

Fuentes y bibliografía

  • Zeidler, James A., y Deborah M. Pearsall (eds.). Arqueología regional del norte de Manabí, Ecuador. Volumen 1. University of Pittsburgh / Libri Mundi, Pittsburgh-Quito, 1994.
  • Zeidler, James A. «Nuevas perspectivas sobre el volcanismo holocénico ecuatoriano y sus repetidos impactos en el valle de Jama», STRATA. Revista Ecuatoriana de Arqueología y Paleontología, INPC, 2023.
  • Zeidler, James A. «Modeling cultural responses to volcanic disaster in the ancient Jama-Coaque tradition», Quaternary International 394, 2016.
  • Zeidler, James A., Caitlin E. Buck y Cliff D. Litton. «Integration of archaeological phase information and radiocarbon results from the Jama River Valley: a Bayesian approach», Latin American Antiquity 9, 1998.
  • Gutiérrez Usillos, Andrés. El eje del universo. Chamanes, sacerdotes y religiosidad en la cultura Jama Coaque del Ecuador prehispánico. Ministerio de Cultura, Madrid, 2011.
  • Gutiérrez Usillos, Andrés. «Universo invisible: una aproximación al conocimiento de la cultura Jama Coaque a través del análisis de dos vasijas cerámicas del Museo de América», Revista Española de Antropología Americana 43(2), 2013.
  • Quelal M., Pablo A. «Representaciones de aves en la iconografía de la cultura Jama-Coaque», Antropología. Cuadernos de Investigación, n.º 13, 2014.
  • Rocha y otros. Arqueoornitología del Ecuador precolombino, 2025.
  • Sánchez-Polo, Alejandra, y otros. «An Archaeometric Characterization of Ecuadorian Pottery», Scientific Reports 9:2642, 2019.
  • Estrada, Emilio. Arqueología de Manabí central. Museo Victor Emilio Estrada, Guayaquil, 1957 y 1962.
  • Pearsall, Deborah M. «Análisis macrobotánico» y «Análisis de fitolitos», en Zeidler y Pearsall (eds.), 1994.
  • Ugalde, María Fernanda. Iconografía de la cultura Tolita. Reichert Verlag, Wiesbaden, 2009.

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